X Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín


LA FÁBULA DEL TORO REFRANERO

Francisco Javier Carreño Fernández

Cerca del primer encierro la ansiedad me robó el sueño. Como no dormía, deambulaba por las calles; ajeno a las bondades de Pamplona. Sin saber por qué, terminaba cada noche en el corral contemplando a los toros, escuchando sus bramidos y resuellos. Una noche, oí que me decían: Mozo, ¿qué te trae por aquí? Volteé, ¡un toro me hablaba! Responde, insistió el toro. Si respondo estoy loco, dije; y me sentí ridículo. Soy Refranero heredero de Perdigón, verdugo del Espartero. Si un toro vence a un gran torero adquiere facultades humanas. Perdigón adquirió el habla; yo la heredé. No estás loco, responde mi pregunta, moduló perfectamente el toro. Tengo miedo del encierro. Creo que soy un cobarde, contesté. No es valentía la temeridad, el miedo, puede ser remedio. Además, los Sanfermines son mucho más que encierros. Ojalá yo pudiera bailar en las peñas, o desfilar con las comparsas; la variedad es la madre del placer. En fin, lo que deba ser, será, sentenció el toro, y se perdió entre sus colegas.
Entre peñas, corridas y comparsas —casi sin darme cuenta— me vi girando por Mercaderes, enfilando por Estafeta y esquivando una cornada de Refranero, que me guiñó un ojo y dijo: Bienvenido a Pamplona.
 

TE PEDÍ QUE NO FUERAS

Marco Antonio Yáñez Veiga

Te pedí que no fueras. “Este año no”, te dije. Faltó que te suplicase de rodillas. Niños también, nena con lágrimas en los ojos. Podías haberte conformado con ir a tomar unos chupitos con los amigotes. Pero no…, como eres más atravesado que una mula, tenías que bajar a correr delante de los toros. ¡Dos semanas después de haberte quitado la escayola!

Todos recuerdan aún el sonido de tu cabeza al golpear la pared cuando te alcanzó aquel bicho. Yo nunca olvidaré el charco de sangre en el suelo. ¡Si pensábamos que estabas muerto…!

Ahora ahí tumbado, en coma, ¡con lo movido que tú eras…! Todavía no me he acostumbrado a verte así. En esta cama de hospital desde hace un año, una estatua, conectado a todos estos aparatos que me ponen nerviosa. ¡Cabezota, burro!, juraste que no te perderías nunca la fiesta, ¡olvidaste que los sanfermines son algo más que los toros! Te los vas a perder todos: pasado mañana, siete de julio; y vendrán más.

Él comenzó a moverse…, y a respirar más deprisa. Por vez primera abrió sus ojos y miró hacia su mujer. Y habló…, sus primeras palabras en un año:
“Irati, guapa, la faja, la boina: ¿las tienes localizadas?”
 

ARRUGAS EN EL TIEMPO

Rubén Sanz Ovejero

Arrugas en el tiempo

—Y, ¿tú no crees que todos esos conocen nuestra historia?
—¡Puaj! Que van a saber —dijo Aitor señalando lo que veía—. Si son todos guiris. ¡Mira!
—Eso no tiene nada que ver. Todo está en los libros —contestó Iñaki con el habla interrumpida por la tosferina.
—¡Iñaki! Engañarte no, ¿eh? No tienes edad para jugar a las ilusiones —Aitor frunció la frente meditabundo. Le acercó un vaso de agua de la botella que hacía de grifo, no sin dificultad.
—No son ilusiones. Se llama cultura, amigo —contestó Iñaki después de dar unos cuantos sorbos cortitos.
—¡Cultura ni cultura! —Aitor mascullaba sin apartar la mirada del televisor.
—Estos saben de sobra que San Fermín no es el patrón de la ciudad igual que tú y que yo. Todos saben que es San Saturnino —Iñaki hablo entrecortado esperando la hora.
—¡No te lo crees ni tú! Estos no saben nada, que te lo digo yo, hombre —contestó Aitor contrariado.
—¡Ay, pobre de ti!
—¿De mí? ¡Pobre de ti!
—¡Sube el volumen, anda cabezón! Si llevas más tiempo que yo en la residencia, Aitor.
—¡Por fin! ¡Canta! —Dijeron al unísono los nonagenarios agarrándose de los hombros.
—Y por cierto. ¡Pobre de ti!
 

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