X Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín


PAMPLONA Y OLÉ

Eduardo Sánchez De La Iglesia

Pamplona es historia, es tradición, es espectáculo y es diversión.

Y es que San Fermín consigue año tras año lo que no ha logrado nadie en mi vida, levantarme a las 7:30 de la mañana sin tener la extraña sensación de querer matar a nadie, tradición que se repite desde que tengo uso de razón.

San Fermín es sinónimo de alegría, de buen comer, de pólvora y por supuesto de toros. El encierro simboliza la pasión, la adrenalina y la valentía de correr delante de un animal tan bello como peligroso, que crea adicción pero que ennoblece el espíritu de todos los corredores que pisan las calles pamplonesas.

Siempre es un placer compartir asfalto con mozos y cada vez como más mozas en cada amanecer, aunque yo prefiero ver los toros desde la barrera en una posición de privilegio, ya que siendo sincero me gusta llegar entero a la fiesta nocturna.

Estas fiestas tienen magia, aquella que hace que quién se enfunda el pañuelico rojo no quiera quitárselo nunca en la vida, esa magia que hace que sea tan doloroso cantar el “Pobre de mi” pero que te hace volver a casa día tras día con una sonrisa en el rostro.
 

VAN POR TI, ABUELO

Josean Montilla ávila

Se presentó en Pamplona con un pensamiento recurrente en su cabeza: Estaba allí por su abuelo. Se lo debía. A su abuelo y a otras tantas personas que, como su abuelo, tuvieron que abandonar su tierra y a sus seres queridos en una época difícil para ganarse la vida en otro lugar. Él sabía muy bien que, para estas personas, por muchos kilómetros de distancia que se interpusieran y por muchos años que pasaran, cada 6 de julio era una mezcla equilibrada de alegría, morriña y amargura. El brillo en sus ojos frente al televisor los delataba. Eran de Pamplona.
Aunque de niño había escuchado mil y una historias, él quería experimentarlo en primera persona, e imaginar por un momento cómo se sintió su abuelo en su juventud, hacía ya tantos años. Intuía, además, que por mucho que se esforzaran en contarle que aquellas fiestas eran diferentes, había sentimientos que no se podían explicar. Tenía que vivirlo.
Estaba impaciente y no podía esperar más, quería que empezasen ya. De blanco impoluto y con el pañuelo guardado en el bolsillo hasta que el reloj diese las doce, un pensamiento vino a su cabeza y sin quererlo sonrió: Estos sanfermines de 2080 van por ti abuelo. 

JAI BOROBILA

Ainara Elizondo Lizarraga

Bi beso txikiren artetik ihesi doa, balkoian behera amilduta. Bat-batean, festaren zurrunbiloaren erdian, guztien adiskide egin da, inork nondik datorren ez dakien arren. Beso zabalik hartzen dute denek, handik minutu laurdenera beste jabe baten magalean bukatzen badu ere. Zapi gorriren bat nahiko luke beretzat, baina leporik ez du, bazterretan ikusten dituen botilek ez bezala. Jaia borobila da, bera bezalaxe. Ozta-ozta egin dio ihes zezenaren adarkadari eta putzu batean amaitu du umel, alkandora askoren antzera. Festari txurro eta bozkario usaina dario. Ustekabean, zezen plazaraino iritsi da txaranga baten atzetik doan neska gazte koadrila baten eskutik. Maitasunez tratatu dute, neska gazteek ere merezi duten eran… Hondarrezko zirkunferentziaren txoko batean utzi dute eta bertan egin du siesta, bandaren pasodobleak zezen korrida iragarri duen arte. Familia baten bazkari garaiko hizketagai bihurtu da jarraian, aitak tripakiz betetako lapiko erraldoi batean sartzearekin mehatxatzen zuen bitartean. “Gogorra da jaietan objektu izateaz gain, objektu sentitzea” pentsatu du berekiko. Eszena ikusi duen bi urteko alaba txikiaren negarrak eten du aitaren asmoa, eta azken iritsiak eltzeari ihes egin dio, presoak heriotza-zigorrari bezala. Bisitariak neskatoaren beso xamurretan amaitu du. Txupeteak ahoan.

Eta hala bazan eta ez bazan, atera dadila Iruñeako plazan, istorio honen heroia: San Ferminetan galdu zen plastikozko… baloia.
 

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