X Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín


EL ÚLTIMO LANCE

Carmen Ruiz Ruiz

A las ocho suena el primer cohete y la puerta del toril abre sus fauces. Azuzado por los pastores, salgo dispuesto a cruzar los casi novecientos metros que me separan del coso. La gente, apiñada y tensa, corre hacia delante. Rebaso la hornacina del santo, y me encomiendo a él, como antes hicieron los esforzados solicitando su protección. Ansío poder encontrármelo una vez más, antes de la inevitable lidia. El bullicio del gentío me impide identificarlo. Corro desenfrenado, deseando tropezármelo antes de entrar en la plaza. Desairo a los mozos que me apremian. Quiero pasar sin causar daño, pero es difícil abrirse paso entre la multitud. Resbalo en Mercaderes. Mis compañeros me rebasan y embisten a la muchedumbre. Dos cabestros se acercan y evitan el desastre. Sigo sin distinguirlo tampoco entre los rezagados. Reduzco, esperando verlo asomar con el segundo grupo. Mis compañeros han alcanzado ya la plaza. En Estafeta no me queda otra que girarme. Allí estoy, por fin, cara a cara con mi manso. Intento acercarme. Los dobladores frenan cautos, apartan mozos imprudentes que cruzan incitando. Entonces, me da alcance. Enderezo mis pasos satisfecho, y recorremos el último tramo hasta la plaza. Hoy, nadie nos impedirá dar, juntos, la vuelta al ruedo. 

VISITA DESDE EL EXTRANJERO

Daniel Villanueva Canabal

Hace unos meses decidí por motivos personales que debía abandonar la ciudad de mis amores.
Saliendo de ella he vivido experiencias inolvidables y conocido gente excepcional, pero el sonido de un txistu, el sabor de una buena sidra o un buen patxarán me ponen los pelos de punta.
Pamplona, una pequeña ciudad al Norte de la península, la misma península donde resido, tan lejos, y a la vez tan cerca…
Tan cerca porque el tiempo hasta Sanfermín no se mide en días, se mide en segundos, se mide en latidos. Porque este es el espíritu de los Pamplonicas y de todos aquellos que disfrutamos de esta maravillosa fiesta y todo lo que tiene para darnos.
Estaré lejos de mi familia, estaré lejos de mi ciudad, pero qué cerca está la fecha, qué cerca se ve el 7 de Julio, o el día 6 a las 10 de la mañana, entrando en la plaza entre cánticos y alegría, según avanzan los minutos y la impecable ropa blanca se tiñe de múltiples colores y sentimientos, pero sobre todo, cuando la adrenalina invada mi cuerpo, cuando escuche ese sonido tan mágico que nos hace saltar todos a una al grito de “Viva San Fermín” “Gora San Fermín”.
 

ENCUENTRO EN ESTAFETA

Pedro Emilio Ferro Gallego

Por un momento sentí que el mundo se detenía. El sudor caía lentamente por mi frente y la presión del corazón era tan fuerte que parecía que se me fuese a detener en aquel instante. Tenía las manos en el suelo e intentaba incorporarme cuando tras levantar la cabeza lo tenía allí. Nuestras miradas se quedaron fijas. Podía sentir su respiración y su aliento sobre mi cara y su mirada penetrante atravesar mis ojos y llegar a lo más hondo de mi ser. Allí donde el miedo empezaba a apoderarse de mi y hacía que mi razón se nublará y pensará que todo había llegado a su fin. La carrera había ido bien hasta que en la curva de estafeta la gravilla había hecho que mi pie derecho derrapara y perdiera el equilibrio. Eso produjo que cayera al suelo y tras varias vueltas y revolcones por el empedrado, acabara con el cuerpo tirado por el suelo y los brazos y las piernas llenos de magulladuras. Me quedé quieto y esperé a que la manada de toros que corría por las calles de Pamplona aquella mañana pasará despavorida, pero cuando me incorporé allí estaba él. De repente, una mano me agarró y tiró de mi.