Segundo y tercer clasificado V certamen


2º clasificado: ‘‘Pesadilla sanferminera’’ de Atxu Ayerra Alfaro.

6 de julio. 9:30 h. el almuerzo en la peña me toca prepararlo a mí. Chistorras a la brasa, vino de Olite y moscatelico fresco. La familia en Calafell desde ayer. Felicidad completa. Ascensor colgado. Sin luz, silencio. Toco la alarma. Nada. Llamo: “ascensores Iruña, estamos de vacaciones del 5 al 15 de julio…viva San Fermín”. Joder, ni teléfono de emergencia ni pollas en vinagre. Golpeo la puerta. Nada. Grito. Nada. Intento abrirla y le pego una patada al teléfono. Se cae por el hueco. Mierda, mierda, mierda. El Samsung nuevo a tomar por rasca. El vecino de abajo con la familia en Zarautz. “Cariño, esos duplex compartidos son lo mejor para vivir”. Calor, silencio, cierto olor a chistorra. Comienzo a sudar. El vals de Astrain que suena en el hueco del ascensor. Por lo menos todavía funciona.
Día 9: oigo otra vez los fuegos. Estoy cogiendo gusto a la longaniza cruda. Día 13. Las dos botellas de moscatel ya están llenas otra vez. El crianza finiquitao. Seis botellas.
14 de julio. 12 de la noche. Se enciende la luz…un niño con un flotador: “hombre vecino, menuda juerga eh”. Subo a casa, enciendo la tele. Pamploneses, pamplonesas…ya falta menos…

 

3º clasificado: ‘‘Sin dolor’’ de Juan Molina Guerra.

Se había desplazado hasta Pamplona con su esposa para hacerse una colonoscopia en la famosa clínica navarra, y ahora estaba ahí, en la mañana diáfana, bajo el sol de julio que ya se anunciaba, en medio de la calle Estafeta, vestido de blanco, el pañuelo rojo anudado al cuello, flexionando los gemelos con los brazos estirados sobre la pared, dando saltitos para coger tono muscular, sin dejar de mirar a las dos hermosas rubias de ojos azules que, a su lado, miraban en derredor con cara de asombro.
-¿Os gustan los sanfermines? -les preguntó él.
-Es la pgimega vez -contestó una de ellas-, venimos de Dinamagca.
-Una vez que los conoces, siempre vuelves -sentenció él con una amplia sonrisa.
Luego sonó el estampido y hubo un clamor general y un movimiento de gente mirando en la misma dirección. Él enrolló el periódico y se dirigió a las muchachas:
-Pegaos a mí -les dijo.
Más tarde vino la confusión, los astados en su desconcierto corriendo hasta su destino, la noche y el vino y el despertar en el parque rodeado de las diosas vikingas.

Cuando salió de la consulta, su esposa le preguntó:
-¿Cómo ha ido todo?
-No sé -contestó él-, me he quedado dormido.