IX Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín


YA…

Sofía Rodríguez

En abril, cuando preparó con Garbiñe las vacaciones le pareció bien lo de ir a la Pineda en San Fermín, pero ahora…

(10:00 h) Bajo la sombrilla, Javier piensa en la cuadrilla “ya se habrán vestido”.

El día anterior, en el trastero, preparando el equipaje, tropezó con la ropa de Sanfermines y le pareció que una faja que escapaba de la bolsa le hacía la burla.

(10:30 h.) “Estarán almorzando en la peña”, imagina mientras traga saliva y entierra los pies en la arena.

(11:15 h.) “Entrarán ahora a la plaza del Ayuntamiento”, calcula Javier jugueteando con unas conchas.

(11:30 h.) Su suegra se sienta junto a él y sintoniza la retransmisión del chupinazo.

(11:45 h.) Javier ignora la voz del locutor y se centra en el rumor de fondo: siente cada grito, cada salto, cada abrazo y el barullo que crece como una ola hasta explotar …

(12:00 h.) ¡Viva San Fermín! ¡Gora San Fermín!

Garbiñe regresa del paseo con los niños. Mira la silla vacía de Javier y hace un gesto interrogativo a su madre.

– Se ha tenido que ir a Pamplona. Le han llamado de la fábrica. Algo importante e inaplazable. Que no te preocupes, que disfrutemos nosotros…
-Ya…

 

LO SABES

Jon Ander Crespo Ferrer

Despertar. Sonreír. ¿Se puede pedir más? Esta noche no he dormido y sin embargo… me siento eufórico. Como cada año, como cada julio, como cada seis. Llevo días preparando todo, quizás semanas. Y ahora, por fin, ha llegado el momento. Lo acaricio, siento el tacto añejo y colorado de quien me acompañará nueve días al cuello. Ya falta menos, ya casi está. Miro al cielo. Y entonces… ocurre. Unas palabras al aire preceden a la magia, una magia poderosa, envolvente, contagiosa, tan rápida que casi sin darme cuenta siento cómo el mundo me emborracha de su locura. No hay marcha atrás, ha comenzado, soy feliz. De repente, solo quiero que no termine nunca. 

EL ÚLTIMO QUE VUELE

Gabriel González Ortiz

El 1 de enero ingresó por trombosis, el 2 de febrero por virus, el 3 de marzo murió Sofía, el 4 de abril le detectaron el tumor, el 5 de mayo no pasó nada y el 6 de junio, por primera vez, olvidó el cumpleaños de su hija. San Fermín ya no era una fiesta, era un vecino inminente. El 7 de julio, temprano, tomó un taxi y lo mandó al Caballo Blanco. Recordaba bien dónde estaba la rendija. Arrastró hasta allí su andador e introdujo la mano: al fondo seguían el paquete de Coronas y la petaca de Cardhu; debajo, los pañuelos y la fotografía. Doce años llevaban esperando al último de la cuadrilla. Sacó los rojos de Eduardo, Francisco y Benancio, y los anudó a los azules de Patxi y Julio. Después extrajo un cohete de la chaqueta. Ató la hilera de pañuelos al palo y encendió un Coronas que fumó ensimismado. La foto en blanco y negro de los seis frente al Café Kutz le miraba con lástima. Suspiró. Brindó al cielo con whisky y prendió la mecha. La chispa subía cuando las dianas irrumpieron tras la esquina. “A la mierda…”, sonrió mientras apuntaba al jardín donde dormían unos jóvenes pelirrojos. 

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *