IX Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín


SABOREANDO SAN FERMÍN

Laura Villanueva Pueyo

Me gusta beber a sorbos lentos una copa de vino blanco bien frío en cualquier terraza de la plaza del Castillo de Pamplona en fiestas. Observar a cientos de paseantes vestidos de rojo y blanco, y disfrutar del momento con ellos.

A los tres años me fascinaba acompañar a lomos de mi padre a Sus Majestades los Gigantes al son de txistu, gaita y tambor; evitando, eso sí, a Caravinagre y compañía.

Algo después los sanfermines significaban nueve días interminables de diversión en la calle: de encierro a las ocho, de procesión solemne, de jota y lagrimica, de pasacalles con la Pamplonesa y las peñas, y de mucho trasnochar tras los fuegos. Me recuerdo fantaseando sobre chicos con mis amigas en la plaza de los Fueros, escuchando conciertos de rock, riéndonos y compartiendo bocata, bravas y cerveza.

A mi marido le encanta el chupinazo. Nunca se perdería el almuerzo y yo nunca me perdería almorzar con él.

Acabo de apurar mi copa. Hoy el vino y el pincho me han gustado más que nunca. Saben a lucha y triunfo frente a mi incertidumbre tras la cirugía y la quimio. Quién me lo iba a decir: San Fermín, aquí me tienes un año más.  

DESDE MIS OJOS

Alejandro Cartujo Villar

Apretó con fuerza la mano de su abuelo y buscó con la mirada el sol que se perdía entre la marabunta de cuerpos que avanzaban empujándose por las calles. Aquella mañana se había levantado temprano despertado por el sonido de los tambores y de las charangas que recorrían las calles. Aunque no llegaba a la cintura de su padre se sintió mayor. Incluso su abuela le había dejado beber con el desayuno un pequeño dedal de moscatel acompañado de una torrija. – Te hará fuerte – le había dicho pellizcándole una mejilla. Era su primer encierro y lo vería desde el pie de calle, con los hombres. A lo lejos vio a su padre que se movía de un lado a otro, inquieto. Su abuelo le levantó en el aire y le sentó en sus hombros.- Atentó – le dijo. Un escalofrío le recorrió el cuerpo y se asustó al sentir la explosión del cohete en el cielo. Gritos de cencerros, mugidos y cientos de pasos golpeando el empedrado. La estela en sus ojos de su padre corriendo y la certeza en su cabeza que dentro de poco tiempo el estaría corriendo… 

AHÍ VAS A SABER.

Pablo Gornatti

“¿Que olor tiene la adrenalina?” Me preguntó un amigo argentino una vez. No supe que responder. Desde ese entonces, la pregunta me rebotó en la cabeza. A cada paso que daba en mi vida, más me preguntaba. Cada segundo que pasaba en mi vida, más me molestaba el hecho de no haberle respondido y peor aún, todavía no tener algo para retrucar. Pasaron meses, hasta que se volvió una búsqueda personal insostenible. Su búsqueda se había vuelto la mía. Empecé a usar su método, la pregunta. Muchos pasaron y todos me daban respuestas que no me llegaban a emocionar.
Un jueves cualquiera, a mediados de Mayo, estando en Barcelona, un amigo vasco, me invitó a una fiesta en su ciudad.
Al principio me hicieron mover para todos lados, correr por la calle, treparme por donde pudiese, escabullirme entre la gente. Mas tarde el vino, conversaciones de fútbol, conversaciones en idiomas que no conocía y después mas vino. Era todo gritos, aplausos, sudor, miedo, coraje, alegría, pero sobre todo éxtasis. Había cientos de miles de personas por todos lados.
Me fui a dormir, según la hora, mas temprano que tarde. Al día siguiente, respondí la pregunta que me había llevado hasta ahí.
Gracias por preguntarme, 

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