IX Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín


POR ELLA

Jon Zubiate Pardos

Son las 7:55 del 7 de Julio, los nervios previos se transforman en ilusión, solo quedan 5 minutos para lo que tanto tiempo llevo esperando.

Busco hasta encontrar las caras de siempre en el lugar de siempre y a medida que las voy encontrando, me voy serenando.

Tercer cántico, suena el cohete, no sé diferenciar si el de la puerta de los corrales o el de mi corazón.

Sonido inconfundible el de los cabestros subiendo la cuesta. No dejan abrir manada a los imponentes Conde De La Corte.

Blusones de peña resbalando entre las astas como si de un baile se tratara, contengo la respiración, estoy hipnotizado.

Carrusel de emociones, termina la persecución, toros en los corrales, todo ha terminado, algún día los nervios me van a destrozar.

Consigo relajarme y miro al frente. Los bajos sucios de mi pantalón, el “pin” que mi madre compró regateando a un africano que portaba un cuadro lleno de ellos y aquel globo de helio en el techo de mi habitación, me recuerda orgulloso que aunque solo tenga 8 años y estemos en 1997, algún día estaré en Santo Domingo para vivir esas sensaciones… si es que no se puede decir, que las haya vivido ya.
 

DE PAMPLONA HASTA EL CIELO

Isabel Lizarraga Vizcarra

Aunque sabíamos que estábamos borrachos, nos sorprendimos de su extraña cabeza, disimulada malamente con la txapela, igual que el cuerpo rechoncho embutido en los previsibles camisa blanca y pantalón. La faja le quedaba grande, colgando.
–Mi casa –señaló hacia el cielo, y luego indicó en dirección a la cuesta de Santo Domingo con su dedo de láser–. El encierro.
Casi nos morimos de risa mirando su mano de cuatro dedos… ¡Qué tipo más raro! Lo cogimos en volandas y lo acercamos a la barrera de gente que se agolpaba para ver la carrera.
–Mi casa –dijo de nuevo, muy agradecido, sonriéndonos con sus enormes ojos redondos.
Sonó el primer cohete anunciador de la suelta de reses e inmediatamente el segundo, que pregonaba que todos los toros habían salido, y aunque seguíamos bebidos nos espantó que saltara por encima de los espectadores y se tirara de cabeza contra el primer morlaco.
Cabezazo, embestida y al cielo.
–Mi casa –se oyó en la distancia.
Los que no estaban borrachos contaron que durante unos segundos se hizo de noche y, allá arriba, el enano cabezudo se dibujó contra la claridad de la luna mientras se alejaba volando hacia su planeta extraterrestre.
 

LLOVÍA

Iván Hernández Aguado

Yo era navarro, así que era normal, habitual en mi. Año tras año, evocando las mismas emociones. El almuerzo y el charangueo, la bajada y los guiris, el encierro y el olor de la calle. ¡Dios, cuanto me gustaba!
No obstante esta vez era diferente. Me mudé a Madrid, la capital, con el amor de mi vida. Regresé a Pamplona con la cuadrilla, como siempre. Extraña sensación…estaba lloviendo incomprensiblemente.
Ella subió al tren mientras yo almorzaba. Ella en Atocha y yo en Iturrama. Después de las risotadas nos unimos a una comparsa de txistus en Avenida Zaragoza, pero ya íbamos “piripis” cuando Sara me escribió. Estaba a tres horas de conocer ‘la fiesta’.
Recorríamos Estafeta, mas allá del mediodía, y seguía lloviendo a mares. Recibí su mensaje en la hecatombe del jolgorio, ‘he llegado a la estación. Nos vemos’.Yo estaba espectante. Tras una hora dando saltos y molestando a los vecinos, mis amigos lo anunciaron. Venía derecha a mi, junto a sus amigas. Salí del bar, el agua tiñendo el gris de la tarde y tras varios días sin vernos, allí, en Pamplona nos juntamos.
La levanté del suelo mientras la gente, conocidos y ajenos aplaudían, y la besé. Regresamos adentro y todos fuimos Sanfermines.