Corridas múltiples 2


Y no es un titular para captar la atención.

Hace 157 años ocurrió en Pamplona un sucedido insólito. Corría el mes de julio de 1858, y el respetable se disponía a disfrutar en la plaza de toros vieja (que entonces evidentemente no era conocida así) de una corrida de toros del ciclo sanferminero en la que se anunciaba la lidia de 10 toros, ni más ni menos, con la particularidad de que cuatro serían lidiados a plaza entera, y los otros seis a plaza partida, de dos en dos simultáneamente.

En efecto, tras lidiarse normalmente los cuatro primeros astados tal y como hoy suele hacerse, a plaza entera, llegó el momento de dividir el coso en dos partes mediante un vallado. Y un toro sería lidiado en sombra mientras otro, al mismo tiempo, lo sería en sol.

Y saltaron al ruedo «Alemán», de la ganadería de don Severo Murillo, en sombra, y «Carpintero», de la de don Miguel Poyales, en sol. Y ahí fueron recibidos respectivamente por Curro Cúchares (por el que se conoce como el arte de Cúchares al toreo) y por Julián Casas, «Salamanquino».

Sin embargo, «Alemán» parecía más interesado por lo que se cocía en la solanera, y hasta tres veces pudo saltar la valla que dividía la arena en dos, de donde fue reconducido no sin muchos esfuerzos. Pero inasequible al desaliento, lo logró una cuarta vez, y comenzaron de nuevo los trabajos para devolverlo a «su mitad» del ruedo.

El caso es que el reloj avanzaba, y llegó el momento en el que los clarineros tuvieron que dar el toque de muerte, sin haberse conseguido separar a los bureles. Así pues, Cúchares tuvo que pasar al otro lado, y por unos instantes se estuvieron lidiando dos toros a la vez en la misma plaza, cada uno por un torero diferente. Aunque para ser más exactos, dos toros eran lidiados al mismo tiempo por sendos toreros…. ¡en media plaza!.

El peligro estaba acrecentado por el hecho de que, con tanto salto, los toros no habían recibido el castigo preceptivo, de modo que los diestros despacharon un par de muletazos y certificaron a los bureles, el sevillano de estocada baja, y el bejarano de estocada corta, y después otra hasta la bola.

En premio a la valentía de los coletudos, los toros les fueron regalados.

La historia la reproduce Ricardo Ollaquindía en su estupendo «Toros célebres en Navarra».


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