rajauta


Octava perla – Los mejores fueron los míos

Ganador VIII Certamen

Los mejores fueron los míos – José Murugarren

Sanfermines son 20 años y la noche por delante. Ningún programa puede superarlo así se escandalicen los “peteuves”. Los esencialistas dirán que nada emociona como la jota de la procesión. Los puristas emularán como ‘lo más’ la impresión del encierro. Yo me quedo con aquella tarde de toros merendando ajoarriero en la plaza. El torero, abajo y yo arriba, a ritmo de charanga lidiando con unos ojos recién descubiertos, tan clavados en los míos que temblé como novillero novato ante un ‘cebada’. Nada como aquel instante de agujas en la tripa. O tal vez, sí. La madrugada de pollo y pacharán en la verbena del ‘Jito’. La orquesta tocaba Sabina y mi amigo y yo devorábamos un coco que un guiri ofreció a cambio de la botella. No me digan que para fiestas las de antes porque hoy todo es ruido y suciedad. O sí. Los mejores sanfermines fueron los míos. Los de la tarde de toros y ojos o la noche en que me dieron la 1, las 2 y las 3 sostenido por un amigo cuando ni Sabina imaginaba que le estábamos escribiendo la canción. Teníamos 20 años y la mirada siempre por encima del suelo. Demasiado elevada para ver las vomitonas.


Séptima perla – ETDLB

Ganador VII Certamen

ETDLB, de Katixa Castellano Oyarzun

Para el tío Fermín

Ella estaba de niñera en la casa que hace esquina con Mercaderes. Se asomaba a la ventana como un clavo, sin faltar un día, por eso él empezaba al final de Santo Domingo y al acabarse la plaza se retiraba. Jamás eligió otro sitio diferente. En sus ratos libres de albañil, esa semana de julio, y durante cuarenta años, paseaba con boina verde dentro de la Plaza de Toros. Con el tiempo vinieron los hijos, cinco, y la nena, una; y con ellos la vida corriendo con ese galopar que casi nunca notamos en la nuca. Hasta que un día ella se fue a esperarle desde una ventana más alta. Demasiado alta.

Cuando el abuelo Paco tenía ochenta y dos años su hijo Miguel Ángel, preocupado de que siguiese con la costumbre, le preguntó:

Oye, papá, no estarás corriendo el Encierro, ¿no?

¿Yo?, no, el Encierro, no. Sólo el trocico de la Baltasara.


Seis perlas seis – Ayer y hoy

Ganador VI Certamen

AYER Y HOY, de Iñaki Eseverri Berasategui

Aquella noche no robamos la trompeta de la orquesta del Casino Principal. Esa vez no habíamos hecho nada, aunque aquel hombre que nos miraba de pie junto a la batería pensara otra cosa… Hablo de un verano en que Induráin ganaba su primera etapa en el Tour. Y ha pasado tiempo y muchas cosas, trabajo, amor, hijos, alegrías y alguna decepción. Pero la vida sigue y ya tenemos mesa para el almuerzo del seis. Este año tengo que volar desde muy lejos para llegar a casa. Comeremos, recordaremos a los que no están, reiremos y jugaremos con las palabras, con la alegría que da el vino, y el blanco y rojo. Invitaremos a desconocidos y compraremos sombreros y collares, que sabiamente regalaremos antes de regresar a casa, seguro que demasiado pronto. Y a la mañana siguiente llegará mi hijo, la ropa sucia de negro y morado. Manchas que me hablan de toros y ajoarriero, de amigos y cerveza, de Jarauta, de Estafeta, de bailes y algún beso, y de la mañana fresca, antes del encierro, cuando el cielo todavía es azul oscuro. Le mandaré a la cama y, mientras recoja su ropa, esconderé una sonrisa.


Quinta perla – Una mancha blanca

Ganador V Certamen

UNA MANCHA BLANCA, de Pablo Laporte Miqueléiz

En las oficinas de Google Maps, en Palo Alto, California, un técnico trata de entender la foto que acaba de recibir del satélite. Desde mil quinientos metros la foto es correcta, pero a partir de los mil aparecen esas malditas manchas blancas. Mejor llamar al jefe.

El jefe acude y mira la foto. Es una ciudad europea, explica el técnico, Pamplona 42°49′ Norte y 1°38′ Oeste. No lo entiendo, la foto se disparó ayer, seis de julio, exactamente a las doce del mediodía hora local, según el protocolo, y el día está despejado. No hay error posible.

El técnico mira curioso a su jefe, que ha cogido el ratón y se pasea por la foto con una sonrisa melancólica, impropia de él. Está recordando el viaje que hizo por Europa a los veintiuno. Y se acuerda muy bien, como si fuera ayer, de cuando cayó por azar en aquella ciudad, convirtiéndose, de pronto, en una de esas felices manchas blancas durante una semana. La mejor, sin duda, de toda su planificada vida.

El técnico interrumpe el ensueño de su jefe. ¿Deberíamos repetir la foto? Me temo que sí, responde. Pero avisa a Satélite y díles que esperen hasta el 15 de julio.


Ganador IV Certamen Internacional – Siete centímetros

SIETE CENTÍMETROS, de Alberto Eransus Antoñanzas

En una terraza de la Plaza del Castillo, casi vísperas de fiestas, recordó la advertencia del médico que aún retumbaba en su cabeza: ”nada de alcohol, tabaco, comidas grasas, sobresaltos, altas temperaturas, espacios concurridos ni multitudes. Tranquilidad y buenos alimentos.” No podía ser ni quería creérselo. Sólo pensar a lo que debía renunciar le entraban ganas de llorar: el almuerzo del seis con la cuadrilla, la lluvia de champán en el chupinazo, la comida del siete, la sangría taurina en la solanera con la peña, las noches y los días fluyendo en tiempos y modos sanfermineros. Pero sobre todo, por encima de estos actos, lo que más amaba: el encierro. Esto sí que se lo subrayaron: “nada de actividades intensas ni deportes de riesgo.”

Apurando el café, notó en el bolsillo del pantalón algo que le incomodaba: era un sobre. Al abrirlo, sus ojos empezaron a nublarse. Era el abono de los toros, completo. Detrás de la entrada del 14, otro papel, distinto: una foto en blanco y negro, borrosa, en la que se adivinaba una forma de siete centímetros. Mientras unas lágrimas se aventuraban sobre su incipiente tripa, esbozando una sonrisa, se consoló pensando: Tú me darás mil alegrías en los próximos sanfermines.