rajauta


Completaron el podido de la IX edición…

2º clasificado: “Reencuentro” de Carlos Servent Mañes 

Él la miró. Gracias a su altura, le pudo pasar el vaso de cerveza por encima de la multitud. Ella se lo agradeció con una sonrisa cuando todavía ninguno de los dos llevaba teñida de rosa parte de su indumentaria blanca, ni ella  llevaba el sombrero mejicano, ni él llevaba un mono de peluche colgado al cuello. Entre  sonoras carcajadas la noche sanferminera terminó de “tunearlos” con collares fosforescentes, una pierna arremangada hasta la rodilla, además de sendas pelucas de color lila. Al amanecer y durante el encierro, se les vio agarrados a la barra de un bar para que el balanceo de su embriaguez no terminara con ellos en el suelo mientras discutían por pagar.

Coincidiendo con la salida de la plaza de la multitud que había estado viendo el encierro, medio centenar de personas irrumpieron en dicho bar acompañados por el agudo sonido de las gaitas. Durante ese tumulto se perdieron de vista.

Meses más tarde, ella acompañaba a su novio a un juicio por venta de hachís. El juez que al entrar tuvo que agacharse para no pegarse con el marco de la puerta, antes de leer el acta, alzó la vista. Sus miradas dictaron la sentencia.

 

3º clasificado: “El último que vuele” de Gabriel González Ortiz 

El 1 de enero ingresó por trombosis, el 2 de febrero por virus, el 3 de marzo murió Sofía, el 4 de abril le detectaron el tumor, el 5 de mayo no pasó nada y el 6 de junio, por primera vez, olvidó el cumpleaños de su hija. San Fermín ya no era una fiesta, era un vecino inminente. El 7 de julio, temprano, tomó un taxi y lo mandó al Caballo Blanco. Recordaba bien dónde estaba la rendija. Arrastró hasta allí su andador e introdujo la mano: al fondo seguían el paquete de Coronas y la petaca de Cardhu; debajo, los pañuelos y la fotografía. Doce años llevaban esperando al último de la cuadrilla. Sacó los rojos de Eduardo, Francisco y Benancio, y los anudó a los azules de Patxi y Julio. Después extrajo un cohete de la chaqueta. Ató la hilera de pañuelos al palo y encendió un Coronas que fumó ensimismado. La foto en blanco y negro de los seis frente al Café Kutz le miraba con lástima. Suspiró. Brindó al cielo con whisky y prendió la mecha. La chispa subía cuando las dianas irrumpieron tras la esquina. “A la mierda…”, sonrió mientras apuntaba al jardín donde dormían unos jóvenes pelirrojos.


Segundo y tercer clasificado de la VIII edición

2º clasificado: “so far away, tan lejos” de Carlos Remón Sanjuán 

Un resplandor de luz anegando la habitación le impedía seguir durmiendo, así que se levantó, impaciente, antes de la hora. Se vistió despacio adrede, serio, convirtiendo su lentitud en un ritual. La camisa, tan pulcra; los pantalones planchados, con una raya diáfana surcando la pernera.

Siete de julio. Primer encierro.

Salió de casa intranquilo y decidió apurar para encontrar despejado su tramo. Creyó distinguir el cohete dinamitando la mañana. Entre la muchedumbre presintió la manada, cómo subían desde Coney Street, doblaban la esquina de King’s Square y enfilaban Stonegate. Consiguió un hueco y le pareció sentir el bufido del toro, la negra mirada de su desengaño mientras él se apartaba de sus astas, convirtiéndose en aire.

Entró al restaurante donde trabajaba, regresando del peligro tras ese encierro inventado por su nostalgia. Hello, dijo con un acento abrumado por la realidad. Aún cerró los ojos, desmintiendo los 1640 kilómetros, y soñó que volaba por Estafeta hacia el callejón de la plaza, inmerso en la gloria de sus carreras.

Antes de empezar turno, cumplimentó esa costumbre de después del encierro cuando aún vivía en Pamplona. Con los dedos borrachos por la emoción, marcó el teléfono de su casa, tan lejos.

—¿Mamá? Soy yo, estoy bien.

 

3º clasificado: “Afectación osteocondrítica grave en la zona del cóndilo femoral” de Mikel Zuza Viniegra

—Venga, sécate esas lágrimas, que me vas a hacer llorar a mí también.

—Que llevábamos toda la vida juntos, joder. Y mira que en los últimos Sanfermines ya noté algo raro. Sentí pánico a que lo nuestro se acabase de repente. Pero no pensaba que fuera a ser tan rápido.

—Bueno, estas cosas pasan.

—Si por lo menos no me la encontrase en todas partes… Y mira que sigue estando guapa a pesar de los años que tiene. Me da palo admitirlo, pero me muero de celos cuando veo al chaval tan joven que se ha buscado.

—Venga, vamos a levantarnos del bordillo, que al final nos van a pisar.

—¿Me acompañas a verla? Los conozco bien y sé donde estarán esta tarde.

—¡Toma, y yo!: delante de San Lorenzo, como cada seis de julio. ¿Y cómo dices que se llama eso que te diagnosticaron en la rodilla?

—”Afectación osteocondrítica grave en la zona del cóndilo femoral, con riesgo de cojera permanente”. ¡Y eso que le dije al médico que Joshepamunda es una pluma, que apenas pesa 55’8 kilos! Pero una cosa te digo: en cuanto el nuevo se descuide, me meto debajo y la hago bailar por última vez. Te lo juro.


Segundo y tercera posicion de la VII edición…

2º clasificado: ‘‘Existe un lugar’’ de Esther Imízcoz Campos.

Xabi y Svetlana se despidieron en un frío aeropuerto de Alemania. El erasmus había tocado a su fin, y con él su historia de amor. Atrás quedaban aquellos meses de conocerse, de divertirse, de comprenderse. Ahora, ella ponía rumbo a su Rusia natal, y él regresaba cabizbajo a Pamplona, con la sombría certeza de que difícilmente volverían a cruzarse sus caminos. Tras un abrazo que ambos desearían que jamás hubiera terminado, Xabi le preguntó, mirando fijamente a sus ojos vidriosos:

-¿Existe algún lugar en la tierra en el que podamos volver a encontrarnos?

Y ella, fantasiosa como siempre, respondió:

-Volveríamos encontrarnos si existiera un mundo al revés, un lugar donde pareciera haberse desatado una locura desbordante, un caos de felicidad y diversión, un inesperado gobierno de la alegría. Nos reuniríamos de nuevo en una tierra en la que imperaran la generosidad y el deseo de compartir, donde todos vistiéramos una sonrisa las 24 horas del día y donde siempre hubiera abundantes motivos para celebrar. Allí todos seríamos iguales, sin importar nuestra procedencia, edad o clase social. Solamente allí podríamos tú y yo volver a encontrarnos. Dime, ¿crees que existe ese lugar?

3º clasificado: “24 orduko maitasuna” de Javier Sagardia Sarasa

12:00etan

Elkarri begiratu diogu istant batez. Soari eutsi diogu, irribarre imintzio lotsatia banatu. Suziria lehertu da urrunean. Zapi gorriek zeru-sabaia dute estali. Jendetzak irentsi gaitu, olatuek bezala bultzatu, zirimola batean, eta betiko banandu korronte meneraezinetan.

16:25etan

Ezin dut begirada hori burutik kendu. Badakit begi berde berunezko horiek ikusi nautela. Badakit.

21:00etan

Hamaika edabez gorputza zikin, burua hordituta eta ikusmena lausotua izan arren, iluntzen hasten den ordu zehatz gabe horretan gutxien espero nuena gertatu da: goizeko begirada berdearekin topo egin dut.

24:00etan

“Ay Jalisco no te rajeees, me sale del almaaa…”

Irribarre bizi-lotsatien artean Jarauta kaleko zoru bustian elkarri lotuta dantzatu dugu, jira eta bira eroan, zorabiatu arte. Jorge Negretek kale bat beharko luke hirian.

01:05etan

Batu ditugu ezpainak. Batu ditugu mingain bustiak. Turrillas maisuaren oihartzun irrealen artean. Txun, txun, txun. Gainezka dago kalea, gu inoiz baino isolatuago.

03:45etan

Izerdiaren ostean, etxeko izara garbietan gordeta, nekeak harrapatu gaitu. Goizean bezala, elkarri begiratu diogu. Nire bularrean du burua pausatu. Denbora betiko gelditu nahi nuke.

12:00etan

Ez nau agurtu. Ez dit paper puska batean idatzitako oharrik utzi. Ez musurik eman masailean. Isil-gordean joan da. Hutsunearen zauria sentitu dut. Baina hozkailuan salda badago, eta zazpi gau ditut zain: “Alcé mi copa y brindé por ella…”

Amor de 24 horas

12:00 horas

Nos hemos mirado durante un instante. Hemos sostenido la mirada, esbozado una tímida sonrisa. El cohete ha estallado a lo lejos. Los pañuelos rojos han cubierto el cielo por completo. La multitud nos ha engullido, empujándonos como las olas, en un torbellino, separándonos para siempre en indomables corrientes.

16:25 horas

No me puedo quitar esa mirada de la cabeza. Sé que esos verdes ojos de plomo me han visto. Lo sé.

21:00 horas

Sucio el cuerpo de mil y un brebajes, en esa imprecisa hora a la que empieza a anochecer, aun borracho y con la vista nublada, ha pasado lo que menos me esperaba: he vuelto a encontrarme con la verde mirada de esta mañana.

24:00 horas

“Ay Jalisco no te rajeees, me sale del almaaa…”

Hemos bailado agarrados entre tímidas e intensas sonrisas sobre el mojado suelo de Jarauta, girando enloquecidamente, hasta marearnos. Jorge Negrete se merecería una calle en Pamplona. 

01:05 horas

Hemos unido nuestros labios. Hemos unido nuestras húmedas lenguas. Entre los irreales ecos del maestro Turrillas. Txun, txun, txun. La calle está a rebosar; pero nosotros, más solos que nunca.

03:45 horas

Tras el sudor, en casa, resguardados entre las limpias sábanas, el cansancio nos ha atrapado. Al igual que esta mañana, nos hemos mirado. Tiene la cabeza apoyada en mi pecho. Me gustaría detener el tiempo para siempre.

12:00 horas

No se ha despedido. No me ha dejado una nota escrita en un trozo de papel. Ni un beso en la mejilla. Se ha ido a escondidas. He sentido la herida del vacío. Pero tengo caldico en el frigorífico, y siete noches por delante: “Alcé mi copa y brindé por ella…”


Segundo y tercer clasificado de la VI edición

2º clasificado: ‘‘A 7 horas’’ de Xabier Luna Berango.

“Pamplona 48 km”, la señal oxidada se alejó estática por la ventana trasera. El autobús zigzagueaba entre montañas con los pasajeros dormidos a pesar del asfalto en mal estado. Uno de ellos miraba el reloj, en hora y media sería el chupinazo, confiaba llegar a tiempo. De la mochila sacó un pañuelo rojo, pegado a su nariz, respiró los recuerdos. A su derecha, una joven estadounidense con la que viajaba hacía meses. Ella había accedido a acompañarle hasta ese sitio, el 6 de Julio y a esa hora en concreto.

Ya en la estación, el chico corrió con la mochila bamboleando en su espalda. Resoplaba entre las calles de la ciudad con el pañuelo abrazado en su mano. Jadeando llegaba al centro de la plaza. Quince segundos, alzó los brazos con el pañuelo mirando al ayuntamiento, cerró los ojos y sintió el estallido en el cielo, dentro de él sonaban las charangas.

Ella, desde una esquina observaba a su amigo, solo, en el centro de una plaza a oscuras, anudándose el pañuelo al cuello en un rito silencioso. Eran las cinco de la madrugada, sintió que el esfuerzo tenía sentido.

Siete horas más allá en el Atlántico, en la otra Pamplona, estalló la fiesta.

 

3º clasificado: “Festa-potoa” de Iñaki Irisarri Pellejero

Ezin sinetsita, inguruan nuen giro zuri-gorriari begira gelditu nintzen. Hau zen munduko festarik zoragarriena? Hobe etxean katua ferekatzen gelditu izan banintz! Hain zen aspergarria hura…

Lotsagorritu ere egin nintzen munduko bazter urrunetatik etorritako jendea gogoan; milaka kilometro egin beharra eta horrelako leku hits eta goibel bat aurkitzea ere!

Nire begi harrituek hilak ziruditen begiradak aurkitzen zituzten aurrez aurre. Nor ziren pertsona haiek? Zer egiten zuten han? Itogarria zen giroa, munduan zehar barreiatutako topiko guztiak eta bost gehiago aurkitzen nituen noranahi begiratuta ere.

Nire gogoetari emana ibiltzen hasi, eta, halako batean, santuaren irudia aurkitu nuen bekoz beko. Ez zen negarrez ari? Eta urrunetik heldu zen deiadar itoa ez zen arestian ondoan izan nuen Hemingwayk berak egindako oihu lazgarri bat?

Karrikara atera eta bezperaren bezperako giro bizia arnastu nuen. Gero eta biziagoa, beharrik, Sanferminen Museotik urrundu ahala.

 

Fiesta enlatada

Incrédulo, me quede mirando la atmósfera blanca y roja que me rodeaba. ¿Esta era la mejor fiesta del mundo? ¡Mejor si me hubiese quedado en casa acariciando al gato! Esto sí que era aburrido…

Incluso me avergoncé al pensar en toda esa gente venida de los rincones más lejanos del mundo; ¡hacer miles de kilómetros para encontrarse con semejante sitio lúgubre y triste!

Mis ojos sorprendidos se topaban de frente con unas miradas que parecían muertas. ¿Quiénes eran esas personas? ¿Qué hacían allí? El ambiente era asfixiante, mirara donde mirara me encontraba con todos y cada uno de los tópicos difundidos a lo largo y ancho del mundo.

Había empezado a dejarme llevar por mis pensamientos cuando, de repente, me encontré cara a cara con la imagen del santo. ¿No estaba pues llorando? Y esa llamada ahogada que venía de lejos ¿no era un lamento atroz del propio Hemingway, a quien había tenido momentos antes a mi lado?

Salí a la calle y respiré el vivo ambiente de la antevíspera. Cada vez más vivo, afortunadamente, según me alejaba del museo de los Sanfermines.


Segundo y tercer clasificado V certamen

2º clasificado: ‘‘Pesadilla sanferminera’’ de Atxu Ayerra Alfaro.

6 de julio. 9:30 h. el almuerzo en la peña me toca prepararlo a mí. Chistorras a la brasa, vino de Olite y moscatelico fresco. La familia en Calafell desde ayer. Felicidad completa. Ascensor colgado. Sin luz, silencio. Toco la alarma. Nada. Llamo: “ascensores Iruña, estamos de vacaciones del 5 al 15 de julio…viva San Fermín”. Joder, ni teléfono de emergencia ni pollas en vinagre. Golpeo la puerta. Nada. Grito. Nada. Intento abrirla y le pego una patada al teléfono. Se cae por el hueco. Mierda, mierda, mierda. El Samsung nuevo a tomar por rasca. El vecino de abajo con la familia en Zarautz. “Cariño, esos duplex compartidos son lo mejor para vivir”. Calor, silencio, cierto olor a chistorra. Comienzo a sudar. El vals de Astrain que suena en el hueco del ascensor. Por lo menos todavía funciona.
Día 9: oigo otra vez los fuegos. Estoy cogiendo gusto a la longaniza cruda. Día 13. Las dos botellas de moscatel ya están llenas otra vez. El crianza finiquitao. Seis botellas.
14 de julio. 12 de la noche. Se enciende la luz…un niño con un flotador: “hombre vecino, menuda juerga eh”. Subo a casa, enciendo la tele. Pamploneses, pamplonesas…ya falta menos…

 

3º clasificado: ‘‘Sin dolor’’ de Juan Molina Guerra.

Se había desplazado hasta Pamplona con su esposa para hacerse una colonoscopia en la famosa clínica navarra, y ahora estaba ahí, en la mañana diáfana, bajo el sol de julio que ya se anunciaba, en medio de la calle Estafeta, vestido de blanco, el pañuelo rojo anudado al cuello, flexionando los gemelos con los brazos estirados sobre la pared, dando saltitos para coger tono muscular, sin dejar de mirar a las dos hermosas rubias de ojos azules que, a su lado, miraban en derredor con cara de asombro.
-¿Os gustan los sanfermines? -les preguntó él.
-Es la pgimega vez -contestó una de ellas-, venimos de Dinamagca.
-Una vez que los conoces, siempre vuelves -sentenció él con una amplia sonrisa.
Luego sonó el estampido y hubo un clamor general y un movimiento de gente mirando en la misma dirección. Él enrolló el periódico y se dirigió a las muchachas:
-Pegaos a mí -les dijo.
Más tarde vino la confusión, los astados en su desconcierto corriendo hasta su destino, la noche y el vino y el despertar en el parque rodeado de las diosas vikingas.

Cuando salió de la consulta, su esposa le preguntó:
-¿Cómo ha ido todo?
-No sé -contestó él-, me he quedado dormido.