Aquellos encierros sin pantalla grande 1


Es un tópico que los momenticos de la fiesta no están en el programa, son aquellas tradiciones que cada uno intenta vivir año tras año. En eso consiste la fiesta, en intentar repetir el lugar, la compañía, el acto y el gesto que nos conecta con el presente, pero también con las fiestas que ya no volverán.

Volver a la plaza de toros para ver el encierro con tu hijo es muy diferente a cómo lo recuerdas cuando eras tú el que acompañaba a tu madre. Ahora vamos en coche y antes, en cambio, el viaje era en una villavesa atestada de madres cuyo perfume hacía que el cola-cao diera vueltas en tu estómago y rodeado de muchos niños ensopados en colonia nenuco. Recuerdo que el madrugón me parecía inmisericorde, una pelea desigual con las sábanas para vencer el sueño y desayunar rápido para no perder el autobús.

Había que llegar muy pronto al tendido, porque mi madre ni se planteaba pagar para subir a andanada. Durante el trayecto nos cruzábamos con una legión de personas andrajosas, que parecían extras salidos de La noche de los muertos vivientes, que regresaban casi arrastrándose a sus casas. Los miraba con sorpresa y mi madre sonreía con condescendencia meneando la cabeza.

En el tendido te acomodabas como podías y clavabas la mirada en el reloj. ¡Todavía faltan tres cuartos de hora! Y era cuando te distraías con la música del maestro Bravo que formaba un círculo en la plaza. Había una persona en el redondel que hacía el pino acompañado por un perro pastor alemán e iba arrastrando una manta para que la gente echara dinero desde el tendido. Creo que era sordomudo, según me decía mi madre, y no se libraba de algún pesetazo, aunque la gente lo respetaba.

El maestro Bravo murió en el año 1983, por tanto seguramente asistí a muchas de sus actuaciones con la banda y, en especial, a esa pieza que tocaban para despedirse, deshaciendo el círculo y dando la vuelta al ruedo.

Eso permanece intacto con su sucesor, Florentino Gallego, que lleva 20 años con la batuta y la pieza sigue sonando mientras yo le explico a mi hijo que ya falta poco.

La diferencia fundamental son las pantallas gigantes. Obviamente son un aliciente para ir a la plaza, pero antaño el sonido del cohete era la única señal de que la carrera había comenzado y había que fijar la mirada en el callejón. Con los años, sabías perfectamente a qué distancia llegaría la manada por la velocidad con la que iban entrando los mozos. En la plaza había un silencio contenido, casi litúrgico, con los silbidos pertinentes a los primeros que entraban, pero que no se rompía hasta que hacía su aparición el primer toro.

Ahora la pantalla gigante anticipa los gritos ante las embestidas de los bureles a lo largo del recorrido.

Había que contar rápido los toros, porque no sabías si faltaba alguno y, aunque no hubieras visto nada de lo ocurrido antes, por la tardanza podías intuir que había heridos. Incluso a veces la sangre en un cuerno o una prenda de ropa prendida en el asta hacía estallar en un gripo de horror a toda la plaza.

Tras le encierro, el espectáculo de vaquillas sigue como antaño, con los patas y guiris recibiendo estopa de las de Macua y, el cabestro dando sustos cuando sale por el toril y pilla de espaldas a los que citan a las vaquillas. Para mi hijo, como a mí por aquel entonces, eso es lo más divertido de todo.

Por casualidad descubrí no hace mucho que el pasodoble final tiene letra en el excelente blog de …


Una idea sobre “Aquellos encierros sin pantalla grande

  • gaupaseitor

    Falta la época en que con 18-20 años, a las seis de la mañana y con el mismo dinero que ganas de ir a dormir, te metías en la plaza con cuerpo jotero para alargar la noche e intentar que toda la plaza hiciese la ola.

Los comentarios están cerrados.