La calle


Fin de semana intenso 1

Dos de febrero, escalera; tres de febrero, San Blas; cuatro de febrero, coros de Santa Ageda.

Sí, señoras y señores, fin de semana intenso el que hemos pasado en un Casco Viejo amenazado por una nieve que apenas ha aparecido y por un frío persistente.

En nuestro barrio, al segundo peldaño de la escalera le sucede la festividad de San Blas, con sus caramelos, sus roscos y sus txantxigorris en el mercadillo de la plaza de San Nicolás. Al tratarse del fin de semana anterior al de carnaval, este año ha coincidido con la fiesta de caldereros, con lo que no ha resultado difícil cruzarse con cuadrillas de cíngaros y cíngaras por nuestras calles.

Y en una tarde fría de domingo bonito, los coros de Santa Ageda han recorrido el barrio, con unas voces estupendas detrás de su farolillo.

Ha sido un buen fin de semana de actividades tradicionales y entrañables, caseras, muy alejadas del ocio industrializado que nos han impuesto en el Casco Viejo en los últimos años.

Ha sido bonito, sí.

Ya llegarán días peores.


El foribundo ataque de los Gin Tonics. (III) 1

Iruña, 8 de julio
17:00 AM
C /Estafeta.

El local estaba destrozado. Apestaba a todo. Mezcla de sudor, alcohol, vasos de plástico y miembros viriles sueltos por la estancia. Incluyendo el cadáver irreconocible de un delegado FIFA. Eso lo atestiguaba la visa dorada que permanecía en las manos del Teniente Furillo. Un caos.

Y un olor, nítido a…

-Trinitrato de glicérico.- Buenas tardes.
-Aclárate- Furillo sacó su libreta, atusándose su engominado pelo.
-Nitroglicerina.

El equipo se volvió para ver quién había roto el silencio. Estaba ahí. Largas piernas, concordantes con su nariz acomodada sobre un poblado bigote. Una camiseta blanca con el cuello en forma de pico, subrayando sus antebrazos. Ojos poderosos, negros, como el panorama circundante.

-Buenas tardes Papytu- contestó con rabia Furillo- llegas tarde.
-No había nada que hacer- espetó, levantando lo que quedaba de barra- 12 cartuchos como menos.
-Ha sido una masacre.
-Peor es el despacito y nadie se queja.

Sus miradas se desafiaron.

En el fondo, asustado, temblaba el camarero en estado de shokc. Se había salvado por los pelos.

Con paso lento, las botas de Papytu fuero quebrando los cristales y disminuyendo la distancia, dirigiéndose hasta el único superviviente.

-Cuénteme lo que pasó con detalle.

El barman no atendía a nada. Temblaba. Lloriqueaba y se chupaba el dedo.

El sonido del tortazo sobre sus carrillos, derecho y después izquierdo, hizo caer una botella de Jack Daniel´s. El camarero pareció despertar de un largo letargo. Papytu lo incorporó a un taburete no sin antes echarse un trago al coleto.

-12 años.
-¿Cómo?
-El whiskey.- atusándose el bigote le inquirió:
-Cuénteme que pasó- Le acercó la botella para que entrara en calor.

Tembloroso, asincopado, le pegó un largo lingotazo. Comenzó a narrar lo sucedido.

– Estábamos a la hora de los Gin Tonics. Se acercó un individuo. Me pidió uno especial. No me dijo nada más. Educado, con sonrisa maliciosa. Sus ojos brillaban. No estaba borracho. Quizás fuera el único.

-¿Me puede decir cómo se lo puso?
-Le juro por la sombra de Chiquito de la Calzada que se lo puse bien. Copa de Balón, enfriada previamente con hielo. Ginebra seca, Tónica Premium y…
-¿Y?
-Un poco de cardamomo y pétalos de rosa.

El teniente Furillo estalló:

-¿Me está usted diciendo que hizo un huerto dentro de un trago largo?

-Si teniente. Hasta ahí no fue mal del todo. Todo terminó cuando lo decoré con una rodaja de limón y se escaparon dos pepitas dentro…

Papytu, acercándose pausadamente afirmó:

-He visto a gente meter diésel en coches eléctricos. Saltar en marcha con el tren parado. Intentar salvar una trucha dentro de un horno rellenada con jamón. Tratar de comer en un vegano sin vomitar. Abandonar a la suegra en una gasolinera sin servicio. Colocarse con cerveza sin. Pero esto, esto se lleva la palma.

Con gesto de desaprobación, le dio la espalda, dirigiéndose al Teniente.

-Furillo, tenemos que hablar. Sé quién está detrás de todo esto. El Sensei del Hielo. Su proceder le delata. Su ser es furibundo.

(Continuará)


El feroz ataque del aperitivo caliente(II) 1

Iruña, 7 de julio
13:00 AM
C /San Nicolás.

Después de la procesión del morenico, todo el mundo salió raudo y veloz a la ingesta compulsiva de martinis y engrudo con forma de fritos. A esa hora del día, tan solo un sitio estaba más repleto que la calle San Nicolás. Un baño limpio en un rabal de Calcuta. Era la catarsis del aperitivo sanferminero.

En una misma calle convivían Gigantes , Kilkis, Zaldikos, carteristas, pamplonicas de punta en blanco, silletas, niños desbocados, gitanos con globos, manteros con collares, gaupaseros y un par de hermafroditas holandeses .Para reírse de Frank de la Jungla con la mamba negra. Esto era mucho peor.

No obstante, lo peor era alcanzar la barra de cualquier bar. Tras una trinchera de fritos de dudosa tonalidad se escondían los auténticos héroes del día: los camareros, que a diestro y siniestro, repartían con rapidez inusitada martinis, mostos, frito de gamba, jamón y queso y bola de pimiento.

Hasta que un misterioso personaje se acercó a la barra del bar de manera mágica. Un aura le hacía que los codazos, empujones y silletazos no le alcanzaran. De repente, con voz firme se dirigió al camarero:

-Un negroni, por favor. En vaso helado.

Un silenció se apoderó por un instante del local, aprovechando que la maldita “despacito” había acabado tras 9 minutos de tortura. El rostro del camarero, al alzar la vista, mutó al de un condenado a garrote vil. No podía ni tragar. Un sudor frío empezó a resbalar por su espalda. Lo había reconocido. Era Él. El Sensei Del Hielo.

Con un temblor de manos propio de la última etapa de Joe Cocker, empezó la operación. Por no tener, no tenía ni vaso de cristal, ni coctelera, ni los tres ingredientes debidamente enfriados, a saber: Martini rosso, Ginebra seca y Campari. En su justa medida. Tres tercios. Twist de naranja para decorar. La gente se percató del riesgo de la operación, a vida o muerte. La suerte estaba echada.

El camarero lo intentó pero su derrota estaba más anunciada que la ausencia de Enrique Ponce en la terna de la tarde. La gente empezó a salir despavorida del local. Tenían presente el ataque de las cervezas calientes del día anterior que causó innumerables víctimas.

Aun así, el camarero lo intento. Vaso de plástico con hielo aguado, Martini calentorro, ginebra floral y campari en exceso. Eso no se lo bebía ni una cabra en mitad del desierto del Gobi. Aun así, El Sensei del hielo, con la paciencia innata de su sabiduría, procedió a probarlo.

Ni se inmutó. Más tarde contaría el camarero que sus ojos se pusieron glaucos y que por un instante, parecía que flotaba sobre el serrín del suelo. Con el índice de su mano derecha, en silencio, desalojó a todos los que aún tenían los arrestos de estar en el local.

Cuando salió del bar el Sensei Del Hielo, la gente le hizo un pasillo humano en mitad de la calle, gigantes incluidos. Al minuto, el bar saltó por los aires.

Era el ataque del aperitivo caliente.

(Continuará)


Venta ambulante y prejuicios

Quienes me conocen saben que es difícil sacarme de mi barrio durante las fiestas de San Fermín. Pero, aunque no lo parezca, salgo. A veces. Y, por supuesto, tras salir, hay que volver.

Regresaba pues al Casco Viejo una noche sanferminera de esas de entre semana, en las que no hay demasiada gente, por Príncipe de Viana y calle Gorriti. No serían más de las dos de la mañana cuando observé que un todoterreno de lujo anunciaba con el intermitente su intención de meterse en uno de los parkings privados que acompañan a cada portal de esa calle. El caso es que el vehículo -más tanque que coche, todo hay que decirlo- se detuvo y se apeó su conductor, un tipo que ya hacía tiempo que había dejado la mediana edad y que lucía la ropa blanca con elegancia, dinero y estilo. En el momento en el que yo lo alcanzaba le vi agacharse y sacudir unos bultos que había en la entrada al garaje. Los bultos resultaron ser vendedores ambulantes que estaban durmiendo allí.

Mis prejuicios comenzaron a funcionar y rápido empecé a imaginar al hombre millonetis increpando a esos negros de mierda que le impedían meter el coche en el parking de su casa. A bocinazo limpio. Pues no. A veces te columpias. Y el hombre acomodado lo que hizo fue despertarles y pedirles con inmensa ternura que le dejaran pasar. El prejuicio volvió a funcionar y pensé en mí mismo y en la mala hostia que haría si alguien me despertara a las dos de la mañana. Pero no, los manteros recogieron sus bártulos y no pararon de pedirle perdón al hombre del todoterreno mientras este, a su vez, se deshacía en disculpas por haberles despertado.

Yo seguí mi camino hacia la Estafeta, contento por comprobar que los prejuicios no siempre se cumplen.

Y triste por ver que el sufrimiento de estos hombres es objeto de polémicas políticas y económicas en nuestro ayuntamiento. Creo honestamente que equivocan el foco.

Foto de Maite H. Mateo tomada de navarra.com

 


El ataque de las cervezas calientes.Capítulo I 3

Iruña, 6 de julio
13:00 PM
Peña Anaitasuna.

Todo comenzó de manera imprevista. El gentío de la gente no hacía presagiar nada terrible. Todo era una fiesta. Completa.

Alguien dejo olvidada una cerveza a pleno sol, encima del muro colindante. Hay gente en la cárcel por menos motivos. Son los mismos que apadrinan un negro en Zambia, una foca en la Antártica y un nepalí sordomudo. Esta vez cometieron su último error, pobres hombres ignorantes.

Esa cerveza subía por momentos de temperatura. Cada minuto, un grado. Cinco minutos, cinco grados. Ya alcanzaba la temperatura corporal, y porqué no decirlo, era orina pura. Algo que no aguantaría ni un condenado a muerte en la silla eléctrica.

Fue entonces cuando el dueño de le cerveza, o vete tu a saber, la agarró con alegría, como si hubiera encontrado el santo grial.

Fue entonces cuando al probarla, motivado por el ambiente, la probó. Si amigos lectores, una cerveza que rozaba los 40º. Inconsciente. Al momento se dio cuenta de su grave error. Empezó a convulsionar de una manera estrepitosa, cayendo al suelo y haciendo la peonza humaba, gira que te gira, ante la muchedumbre que sorprendida, ebria, no supo actuar.

Lo más espectacular fue ver como pasaba a una tonalidad morada y más tarde a un azul pitufo. Los ojos le estallaron y salieron de sus órbitas. Visto y no visto, falleció de manera atroz.

La plebe comenzó a correr sin dirección, gritando y corriendo como pollos sin cabeza. Avalanchas de borrachos chocaban unos con otros, entorpeciéndose. Casi resultaba cómico.

Si no fuera porque más gente volvía a sufrir en sus entrañas los mismos síntomas.

Eran víctimas del ataque de las cervezas calientes.
(Continuará)