Archivo por días: 25 de junio de 2018


Segundo y tercer clasificado 1

2º clasificado: “Un Bloody Mary el 14” de Eva B. Elizalde

Adoro la frescura mañanera de Iruña el 5 de Julio. Nada tiene que ver con la de Barna. Tengo que ir a la Curia, la abuela me espera. Le acompañaré al mercado a hacer la compra sanferminera. Casi nadie de los que estaban, hoy están.

Ella no recuerda… y yo me alegro.

Prepararemos lo de siempre; ajoarriero, magras y las lechezuelas para el 7. Adoro verle sonreír con la mirada perdida cuando revisa sus 53 pañuelos que esconde como tesoros. Vive los Sanfermines con todo el protocolo recurrente con el que cree se debe hacer, aunque ella no recuerde, o a mí me cueste entenderlo…

Siento nostalgia con la frescura mañanera del 14. Me alivia. Acompañaré a la abuela a su cita secreta. Después de La Octava, iremos al Iruña.

La siento nerviosa subiendo la Chapitela. Nos sentamos en la mesa de siempre, pedimos un Bloody Mary y esperamos.

Hoy no llega.

En su mesa, un joven también guiri termina su Bloody Mary. Nos mira con complicidad, sonríe y coloca su pañuelo sobre la mesa. La abuela lo recoge, el 54, recuerda… y yo me alegro.

Ojalá esta noche, en alguna barra de la Navarrería, encuentre un primer pañuelo que no me permita olvidar.

 

3º Clasificado: “La atracción” de Javier Casado Mayayo

Fue en el 95, después de los fuegos. “Un viaje y a casa”, le había advertido su madre, como de costumbre, antes de entrar en las barracas, pese a que siempre terminaban siendo dos o tres. A su edad, el mejor momentico de los Sanfermines estaba en Yanguas y Miranda, y desprendía aromas a gofre y algodón de azúcar.
“¡Pues al saltamontes, que no lo he probado nunca!”. Aitor lo había elegido casi sin pensar, como cuando se montó en el Revolution, años después, nada más comer. O el día que se subió a la Barca Vikinga con la pata escayolada. De txiki había pasado una semana entera en vela por culpa de la Casa del Terror, y superó su miedo a las alturas gracias a la Noria. Y aunque aún hoy le van las emociones fuertes y las montañas rusas de sensaciones, jamás ha vuelto a experimentar en un solo segundo tanto pánico, alegría, inquietud, vértigo y euforia a la vez como el que vivió aquella noche de San Fermín, cuando la niña más bonita de Pamplona, con ojos de choque y boca de manzana caramelizada, se acercó dubitativa por el pasillo metálico del insecto de hierro para acabar sentándose a su lado.