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En 10 días Halloween. 4

¿Lleváis gafas de sol? ¿Vais de manga corta? ¿No lleváis chaquetica?. No os equivoquéis en 10 días nos encontramos en Halloween.

No es normal el año climático que estamos teniendo. Un julio con temperaturas de octubre y un octubre con temperaturas de julio.

Ayer pudimos ir a la playa a tomar el sol y hasta bañarnos en el cantábrico, hoy rondamos los 26º y podríamos repetir la experiencia si quisiéramos.

Con estas temperaturas lo que es seguro que no apetece es calentarse las manos con una buena docena de castañas envueltas en hojas de papel. Se presagia una mala temporada para los castañeros.

Pero no son los únicos. Os recuerdo que en pleno verano los que se quejaron fueron los hosteleros por las bajas ventas que tuvieron debido al mal tiempo que tuvimos durante todas las fiestas.

Este año hemos “disfrutado” de los sanfermines más fresquitos desde 1984 quedándonos en 20,8 graditos de media. Por si no os suena hay que recordar que en 5 de los 9 días no superamos los 20 grados y concretamente el 9 de julio nos quedamos en 17 grados de máxima.

No sé si este año han estado mal puestos los sanfermines o están mal puestas las castañas, pero lo que es claro es que en 10 días llega Halloween, no os olvidéis de la chaquetica.

Halloween 


Urgencias – Larrialdiak

No, no voy a hablar de la vieja serie de televisión de George Clooney, no.

Lo que hoy nos ocupa es la puesta en marcha, desde hace unos días, del nuevo edificio de Urgencias del Hospital de Navarra, al que ahora llaman de forma rimbombante Complejo Hospitalario de Navarra.

Y el motivo no es otro que el revoltijo de estómago que provocará la legión de periodistas (tele, radio y periódicos) que cada mañana se apelotonará a sus puertas durante las próximas fiestas de San Fermín.

Morbo, morbo y no información, es lo que les congregará allí, a la espera de que llegue alguien agonizante o ya cadáver, buscando unos segundos de gloria en sus conexiones en directo.

De verdad que me repatea las tripas.

Deberían hacérselo mirar.

Foto A.M. (Diario de Navarra)

Foto A.M. (Diario de Navarra)


Microrrelatos en La Vaguada 2

Este año, el certamen de microrrelatos de San Fermín tuvo su epílogo en plenas fiestas, aunque fuera de la zona cero.

Fue una mañana fresca -ya sé que no las hubo de otro tipo-, cuando cumpliendo nuestro compromiso nos presentamos en la Residencia La Vaguada, de Solera Asistencial, con un aspecto inusitadamente presentable, para compartir con los abuelos los mejores microrrelatos de la temporada. La idea era reunir a los residentes en el salón de actos, y leerles algunos microrrelatos (no más de cinco, que centrar la atención durante mucho tiempo en algo se les hace cuesta arriba).

Mientras departíamos con Borja, el director del centro, los mayores eran movilizados hacia el salón. Muy ordenadamente. Los de la primera planta, los dependientes, los de la segunda… ¿Están ya todos los que pueden bajar? Parsimoniosamente iban ocupando sus localidades. Silencio ¿respetuoso? en la sala, en la que ya presidíamos el escenario. Con paciencia íbamos esperando a que todo el mundo estuviera situado, cuando unos gemidos llamaron nuestra atención.

En primera fila, sentada en una silla de ruedas, una señora lloraba desconsoladamente. Nos acercamos, y entre sollozo y sollozo apenas acertaba a preguntarse por qué su hija llevaba tanto tiempo sin ir a verla. La única explicación que encontraba era que su hija hubiera muerto y que nadie quisiera decírselo para no entristecerla. Con un nudo en la garganta éramos incapaces de encontrar frases que pudieran reconfortarla, más allá de penosos intentos de quitarle hierro al asunto.

Finalmente todo el mundo estuvo ya dispuesto, la sala llena de ancianos, a los que ponían un espectacular contrapunto unos niños que jugaban en el jardín exterior desplegando toda su efervescencia física delante mismo de las narices de los allí aposentados, y nunca mejor dicho.

Borja ejerció como maestro de ceremonias, y los blogsanfermineros dimos cuenta rápidamente de los primeros relatos. Y dejamos el protagonismo a tres estupendas lectoras, residentes del centro, para interpretar los tres finalistas del año. Quedamos especialmente sobrecogidos por la maestría y la serenidad con la que leyó una de las señoras. No pudimos sino felicitarla un poco después, abordándola cuando ya paseaba ensimismada por el magnífico jardín, una vez terminado el sencillo acto.

Hubo también margen para el cachondeo, sobre todo a cuenta de uno de los oyentes, bien conocido por todo el claustro de cuidadores, que no paró de interrumpir las lecturas con diversas soflamas a voz en grito, tipo «¡que no se oye!» o «¡vaya mierda es esto!»… A él desde luego no parecía hacerle ninguna gracia estar aguantando el tostón, pero era francamente gracioso.

En fin, tras el acto, que duró poco -Borja ya nos había anunciado que la brevedad es fundamental con los abuelos-, fuimos premiados con unas cervezas en la cafetería, y tras una visita relámpago a las instalaciones de la planta baja, que nos impresionaron muy positivamente, abandonamos el centro como quien sale de un convento de clausura y recupera el pulso espacio-temporal al contacto con el exterior.

Encaminamos nuestros pasos hacia la zona cero, donde nos esperaban una hermana guipuzcoana y su consorte para pasar el enésimo buen rato de las fiestas alrededor de una buena mesa. En cuestión de horas, el acto del geriátrico se diluía en la espiral de vivencias y recuerdos, y estábamos plenamente reenganchados al presente más rabioso.

Hoy, recordando aquellos momentos, se me agolpan en el teclado palabras como pena, angustia o desazón, pero también otras como dignidad o reconocimiento. Reconocimiento y gratitud con quienes, aunque sea un trabajo, aportan ese plus de cariño, esa dedicación a nuestros mayores de hoy. No en vano, antes de que nos queramos dar cuenta, nosotros seremos los mayores de alguien… Lo fácil es desterrar este tipo de pensamientos y reflexiones, aplazándolos a cuando toque, pero sirva este artículo de hoy para meter un poco el dedo en el ojo.


Bienaventuradas fiestas rojiblancas 5

Seis de Julio. La sociedad, a reventar. Los asistentes, silenciosos, concentrados en su persona. Esperaban sus palabras; más bien, las anhelaban. Sin pensárselo mucho, no sin cierta ansiedad, comenzó su discurso, pues cuanto antes fluyese su voz antes podrían disfrutar todos ellos de aquel deleite emocional que como cada año lograba embargarlos de ilusión y devoción a escasos momentos del comienzo de las míticas fiestas de su amada Pamplona, la vieja Iruña.

Bienaventurado el Chupinazo, potente estruendazo.

Bienaventurada la Procesión, bendita emoción.

Bienaventurado el toro, animal con sumo decoro.

Bienaventurados los encierros matinales, espectáculos universales.

Bienaventuradas las corridas de toros vespertinas, tauromaquias supinas.

Bienaventurado el encierrillo, de bestias nocturno paseíllo.

Bienaventuradas la boina, la faja y el pañuelo rojo, sobre fondo blanco y con alpargatas, vestimentas que escojo.

Bienaventurados el ajoarriero y el cordero al chilindrón, manjares un montón.

Bienaventurados el calimotxo y el patxarán, mejores que cualquier champán.

Bienaventurados los gigantes y los cabezudos, estandartes macanudos.

Bienaventuradas las peñas, populistas enseñas.

Bienaventuradas las barracas, atracciones cardiacas.

Bienaventurados los fuegos artificiales, estallidos coloristas sin iguales.

Bienaventurado el Pobre de mí, menuda semana viví.

 

A continuación, pletóricos, todos los presentes gritaron fervientes a viva voz:

 

Bienaventuradas las fiestas de San Fermín, culto y gozo sin fin.

 

 


R. 4

 

Mi buen amigo R. es un mozopeña de manual. 10 pantalones y 10 camisas adornan su armario los 4 de Julio de cada año. Ya entrado en los cuarenta palos y peinando canas, R. saluda las tardes sanfermineras en el Tendido 7 desde hace más de 20 años, siendo cicerone de muchos jovenzuelos y jovenzuelas que por primera vez pisan el hormigón pamplonés. Vecino del Casco Viejo, pasa en casa el mínimo tiempo necesario. Dormir muy poco, fol… y ducharse. Además durante el año participa activamente en la peña de la que presume ser socio.

Como ya sabéis, es habitual que los socios de peña que disfrutan de abono en la solanera, cumplan luego con labores dentro de la peña, como hacer turno de barra o llevar los palos de la pancarta. Y como descubrió Murphy en su ley, cuanto mayores son las obligaciones sanfermineras, mayor suele ser la cantidad de alcohol en sangre en las horas previas.

Pues bien, el día que a R. le tocaba llevar los palos de la peña, se le fue la mano de tal manera que al final de la corrida había dudas entre los allí presentes de que R. pudiera sujetar siquiera un palillo. Él, ajeno a la intención de sus amigos de buscarle un sustituto, pidió los trastos como torero que se pone a puerta gayola, y con mucho esfuerzo y altas dosis de suerte dio con sus pies en el albero dispuesto  a bailar la pancarta. Cuando la txaranga empezó a sonar y ante la sorpresa de muchos R., apoyando el palo en el cinturón empezó a bailar junto a su compañero como si un dantzari del Duguna se tratara. Llegados ilesos al primer bar del recorrido, los amigos de R. se relajan al ver que la ruta es cómoda,  y comparten cubata con R. Pero cuando van a seguir con el recorrido, el jefe de día informa de que hay que pasar por el Muthiko ya que han sido invitados a bailar la pancarta en el balcón de la Estafeta y tiene que ir pronto porque hay concierto y ya tienen la batería, los bafles y todo en tinglado preparado. Poco antes de llegar a las puertas del Muthiko, los amigos de R. deciden que será mejor que sea otro el que suba la pancarta al primer piso ya que lo empinado de las escaleras, la estrechez, los instrumentos que estaban montados para el concierto y el estado de R. no aconsejaban que fuera él quien lo hiciera. Sin embargo, antes de que decidieran quien le sustituiría, vieron a R. subiendo la pancarta con los brazos en alto. Lo siguiente fue un estruendo de bombos y platillos. Cuando uno de los amigos llegó arriba vió a R. tirado sobre la batería. En cada esfuerzo cada hacía R. por levantarse se lleva por delante un tambor, un platillo o un amplificador. Desde abajo todo parecía normal ya que la pancarta salió al balcón y la txaranga tocó. La cara de algún socio del Muthiko era un poema y los amigos consiguieron llevarse a R. antes de que lo tiraran balcón abajo. Entre ciertos miembros de la peña de R. existía el temor de que el Muthiko tomara represalias a modo de broma pesada, cosa que no se produjo finalmente. En el almuerzo de la mañana siguiente nos hacía creer que no recordaba nada. Más vale que los buenos amigos estamos para recordar estas cosicas.

Sirva esta historia como moraleja: Si quieres que tus obligaciones no salgan mal, no debas antes como un animal.

 

P.D: Un placer estar de vuelta.