IX Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

HALLAZGO

Jonathan Jesús García Palma

Miguel viajó muchos kilómetros para asistir a las fiestas de San Fermín. Familiares y amigos vieron aquello como un acto suicida. Él deseaba correr el encierro. “Tengo que hacerlo”, repetía él. Con treinta años, su deseo se cumplió.

Durante el Chupinazo, Miguel se topó con unos maravillosos ojos verdes que le robaron el aliento. Los cautivadores ojos también lo observaron, pero la multitud los separó sorpresivamente.

Miguel buscó a Natalia. Nada, ni una pista. Entonces, llegó el momento del encierro. Segundo día, era su turno. Antes de comenzar, reaparecieron los ojos verdes. Se llamaba Natalia. A continuación vinieron dos minutos de vertiginosa emoción.

Primero al frente, luego al costado. Ambos corrieron junto a las bestias y llegaron hasta la plaza. Ahí, él reconoció su hallazgo.
El matrimonio se celebró el ocho de julio del año siguiente.
 

OLOR A SANGRE

Maximiliano Sacristán

¿Han notado que a veces los animales parecieran tener comportamientos humanos? Me sucedió vacacionando en Pamplona. Yo era un hijo de ganaderos, y pasé mi juventud viajando, gastándome las riquezas de mi familia.
Era joven e irresponsable, y si estaba en San Fermín pues debía ser parte de la fiesta. Así que, a pesar de mi desconcierto de turista, quise participar del primer encierro. Recuerdo que corrí como un poseso frente a la manada, entre los mozos de la vanguardia, y hasta llegué a acariciarle el cuerno a una de las bestias. Cuando nos acercábamos a la plaza, exhausto, me deslicé por debajo de una empalizada. Y, ¿podrán creerlo?, pasaron los toros pero el último, uno negro, de repente se detuvo y me encaró. Comenzó a embestir la empalizada dirigiendo su cornamenta hacia mí, como si oliera la sangre vacuna que yo traía en los bolsillos. Tuve la loca sensación de que esa bestia me miraba. Hicieron falta varios mozos que lo azuzaran para meter a ese último toro en la arena y al fin terminar con el encierro.
Desde entonces, cada vez que veo pasar un camión de hacienda repleto de reses, yendo hacia los mataderos, instintivamente desvío la mirada.
 

ZORI ONAK FERMIN

Xavier Camprubí Belzunegui

Tal fue el estruendo en el cielo pamplonica que Fermín se despertó de golpe. “Algo habrán inventado para que resuene así el chupinazo” pensó Fermin, olvidando entonces la mañana de ayer.
Las doce en su reloj y un sol radiante tras la persiana. Siete de Julio San Fermin. Coincidía su Santo con su cumpleaños, diecisiete palos cumplía este joven pamplonica nacido en el nuevo milenio.
“Y diría que fue ayer” balbuceaba para sí el aún menor de edad.

Parte de la cuadrilla estaba en el jardín de su casa, donde tiraron el petardo, preparando un poco de chistor, cuando Fermín asomó.
“No te ha seguido el morlaco a casa”, “Toma un trago de vino de superior antes del chistor”, “Mejor este chupinazo, aunque no sabíamos si aparecerías”…. Y así iba situando su largo ayer.
Parecía que hoy era ayer, cuando empezaba, o mas bien seguía, una larga celebración de “cumpleaños”.

Luego Fermín, absorto en su aniversario y camino del Labrit, volvía de nuevo a preguntarse en alto “¡¿Por qué?!”.
“¡Por qué!”
“¡Porque llegaron las fiestas de esta gloriosa ciudad que son en el mundo entero unas fiestas sin igual!”.
 


IX Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

7 DE JULIO, SAN FERMÍN

Ana Rosa Montalvo Mena

Se oyen los alegres sones previos al chupinazo en la plaza Consistorial, queda poco para las doce del mediodía del 6 de julio:

Uno de enero,
dos de febrero,
tres de marzo,
cuatro de abril,
cinco de mayo,
seis de junio,
siete de julio, san Fermín.

A Pamplona hemos de ir,
con una media,
con una media,
a Pamplona hemos de ir
con una media y un calcetín.

Al día siguiente, a las 10 de la mañana, la imagen de san Fermín sale en procesión por las calles de la ciudad mientras la banda “La Pamplonesa” interpreta diversas marchas. Se encamina a la Misa solemne en la Capilla de San Fermín.

Tras una semana de festejos, actividades infantiles, encierros, verbenas, conciertos, bertsolaris… se cierran las fiestas a medianoche del 14 de julio con la proclamación del alcalde: “¡Viva san Fermín! Gora san Fermin!… ¡Pobre de mí, pobre de mí, que se han acabado las fiestas de san Fermín!”. El cántico es repetido por las mozas y los mozos respaldados por la banda de música que concluye tocando el “Uno de enero…”. Una traca de fuegos artificiales es lanzada desde la contigua plaza de Burgos. Comienza la cuenta atrás hasta el siguiente 7 de julio.

 

LOS 5 ÚLTIMOS SEGUNDOS

Trinidad Lucea Ferrerr

Mis pulmones se han bloqueado. El oxígeno no llega a la sangre e intento retener el poco aire que acumula mi organismo. El ritmo cardíaco se incrementa de forma exponencial y las pulsaciones se han disparado de forma vertiginosa. Gotas de sudor se precipitan en caída libre por mi piel. Tengo las manos húmedas. Las pupilas dilatadas. Un leve temblor sacude mi cuerpo y le siguen varias réplicas. Palpitaciones. El corazón va demasiado veloz. Demasiado deprisa. Desbocado. No puedo detenerlo y siento cada latido retumbar dentro de mí como un trueno. Uno tras otro me arrastran hasta mi último segundo sin que yo pueda hacer nada. Entro en parada cardiorrespiratoria: 12:00h del 6 de Julio. Comienza la Fiesta. 

¡YA FALTA MENOS!

Mª Del Carmen Gutiérrez Sádaba

Se habían acabado los 351 días de espera. Atenta a la pantalla del Paseo de Sarasate se preparaba, con el pañuelico rojo en alto, con sus pantalones y camiseta blancos a que sonaran las esperadas palabras: ¡pamploneses, pamplonesas! ¡Viva San Fermín! Y, de repente, todo enmudecía durante los breves segundos del estallido del cohete. Habían, por fin, empezado las fiestas de San Fermín. Durante aquellos nueve días, la ciudad de Pamplona se llenaba solamente de dos colores: rojo y blanco (aunque las peñas le dan algún que otro toque de color). Se iba a ver bravura en los encierros y capeas, velocidad, precisión; miedo en los niños con los kilikis, música de los txistus y tamboriles con los gigantes. Ver al Santo patrón recorrer las calles de su ciudad y aclamado por la mutitud de personas que se habían ido preparando para la ocasión durante los seis peldaños anteriores. Todo esto le llenaba de orgullo. Lo esperaba ansiosa con los brazos en alto. ¡Ya faltaba menos! Pero siempre llega ese triste momento de tener que atarse otra vez el pañuelo a la muñeca, de lavar la ropa blanca y esperar 351 días. Sin embargo este año es diferente: cada mes se sube un escalón.  


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MUSICA

Isabel Flamarique Iriarte

Vete tú! No, vete tú! Uf! Que pereza,si nos hemos acostado a las dos…
Churros churros pa desayunar….Se a convertido en un himno, yo prefiero la nº 5.Sabes, a estas horas no me pasa el desayuno, mas vale que luego almorzamos con la cuadrilla. No se te olvide coger los huevos que están todos esperando a probarlos; que son de nuestras gallinas, ahora que nos hemos vuelto granjeros ja, ja
Corre corre que están en Mercaderes ,ya les oigo “Patrones patrones mas extraordinaria que solo nos llega hasta el dia 10”..Ya esta!!,la piel de gallina y los pelos de punta, tantos años viniendo a las dianas y nunca dejan de emocionarme .Este calor humano que se mezcla entre los trasnochadores y los “Pamplolimpios” recién levantados de la cama, el sonido de la Pamplonesa y sus músicos tan pacientes ,los amigos ,caras que solo ves en estos días del año, turistas que bailan alucinados porque la música no para ni de noche ni de dia..
Que agusto, que bien, que felicidad, tengo un nudo en la garganta que no me deja cantar empezare bailando 

CUATRO PALABRAS

Carlos Campión Jimeno

Hoy era el gran día.
Estaba sin trabajo y desahuciado por su banco, pero ese seis de julio sería el comienzo de una nueva vida. Lo pensaba caminando en la única dirección en la que iban todos. El ayuntamiento los atraía como un imán, sin embargo cuando el chupinazo estallara en el cielo, la marea humana se extendería por el centro de la ciudad como una inmensa mancha de aceite entre música de mil bandas, líquidos al aire y restos por el suelo. El tránsito sería difícil y perderse en la masa de blanco y rojo, muy fácil. Se hizo uno con la riada y comprobó que no desentonaba entre el gentío el atuendo que había elegido para la ocasión: sombrero vaquero, antifaz y pistola al cinto. Incluso se había teñido, como muchos, con tinto la nívea camisa. Jóvenes y mayores, familias enteras, todos uniformados desprendían la alegría del comienzo de la fiesta. Se contagió de ella desplazando sus dudas y la emoción por los próximos hechos le inundó. San Fermín, que todo lo ve, me bendecirá…
Daban las doce en punto cuando surcó las puertas de su sucursal bancaria y pistola en mano pronunció en alto cuatro palabras: ¡esto es un atraco!
 

¿AHORA?

Marta Martínez Carro

Noté bajo mi pezuña algo nuevo. No entendí qué era. No era arena, ni hierba, tampoco barro pero conseguía pegarse a los primeros pelos de mis patas. Seguíamos los seis juntos.
Farolillo, testarudo, mareó nuestro viaje con teorías. No tenía ni idea. Todos lo sabíamos. Él siempre sabía todo y todos sabíamos que nunca sabía nada. Fantaseó con una fiesta famosísima. Sólo correríamos ochocientos setenta y cinco metros.
Mi hermano tenía un miedo. No entender algo siempre genera miedo. Me propuse que fuéramos a donde fuéramos, me mantendría a su lado.
-¿Has oído eso?
-¿Gora? ¿Ahora?
El eco debió decir “ahora” porque se abrieron las puertas.
El aire pesaba. Ya no estaba sobre aquel algo nuevo, no era arena, ni hierba, tampoco barro. Resbalaba. Corrí junto a mi hermano. Farolillo salió disparado. Ya no éramos un grupo.
Había personas ante nosotros, tras nosotros, gente huyendo saltando unos maderos o arrastrándose por el suelo hacia la marabunta, cientos gritaban desde balcones. Santo Domingo, Ayuntamiento, Mercaderes, Estafeta. Ahí Farolillo cayó y redimió su vergüenza a lo bruto. Telefónica, Callejón y Plaza. Eso sí lo entendimos. No los gritos ni los aplausos pero sí la arena.
Luego llegó la tarde y ya no pude recordar nada. 


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HISTORIA EN BLANCO Y ROJO

Inma Echarri Sucunza

Era un seis de Julio y María como todos los años se levantó muy temprano para ordeñar a su vaca Beltza y llevar el cántaro de leche que le habían encargado desde la heladería “ El buen gusto” de Pamplona.
Por San Fermín, el día seis , con esa leche, ellos elaboraran el mejor de los postres del día:
el helado de nata y fresa “ San Fermín”.
Así que María cogió la carreta y con su lechera y vestida de blanco y rojo, se sentó en el asiento de al lado del carretero camino a Pamplona.
Las calles estaban abarrotadas, el ruido de la ciudad se tapaba con el sonido de las gaitas y de los txistus, y cuando estaba llegando al paseo Valencia, un chico muy amable insistió y María cansada del peso de su vasija, desistió y dejó que le ayudara.
Entre tanta gente y tanto bullicio el chico y el cántaro desparecieron y la ilusión sanferminera de María con él.
Desesperada corrió hasta la heladería de Chapitela y al entrar se encontró allí su flamante lechera y un pequeño sobre blanco con su nombre escrito en rojo, sorprendida lo abrió y leyó:
EL CAPOTICO DE SAN FERMIN
 

AMOR DE MADRE

Leticia Jericó Ojer

Recuerdo, Firminus, cuando me contaste que te marchabas a Amiens. Pero qué se le habrá perdido a este hijo en la Galia, le decía yo a tu padre. Él sonreía, ajustándose la túnica como buen romano, intuyendo que tu nombre serviría de encuentro cada mes de julio.
Desde aquí arriba observo que hay cosas que permanecen a pesar del transcurso de los siglos. Me he dado cuenta de que en estas fechas todos los ciudadanos, patricios o plebeyos, visten de blanco como lo hacíamos nosotros. Sin embargo, no logro comprender el sentido de la pequeña capa púrpura que llevan anudada al cuello. Confío, Firminus, en que sabrás explicármelo.
Como antaño, el ambiente se concentra en la Plaza del Foro, donde se inicia la fiesta. Mira, el pretor ya asoma tras la balaustrada. Y si te fijas, esculpidas en la esfera de piedra, son las XII, nuestras XII, no unas doce cualquiera.
De todas maneras, hijo, el anfiteatro ya no es lo que era. No tiene perdón de los dioses cambiar en el foso la piedra por la madera, ni en la calzada el adoquín por la loseta. Entiéndeme, cariño. Es lo que tiene ser de Pompaelo de toda la vida.
 

LOS MILAGROS DE SAN FERMÍN

David Pastor Arenal

Me ha costado al ser un tema muy personal.
Fui al médico ante mi problema agudo de soltería.
— Vengo a hacerme una analítica.
— Podemos ahorrárnosla Salta a la vista—. Me respondió indicando mi rostro.
—Bastantes feos de mi nivel — respondí— incluso de mayor categoría osaría decir, han encontrado pareja. Mire Kiko Rivera…
El doctor ante evidencia tan consistente concedió la analítica cuyo diagnóstico técnico reproduzco avergonzado:
“Afición severa a fiestas de San Fermín y otras con encierros taurinos”
Lo cierto es que en San Fermín ocurren cosas misteriosas. Por esos volvemos. Llegamos con puntualidad al chupinazo y eso era un “piso patera”. Llevábamos por cierto la botella de sidra, que hay que llevarla. Y como a mí me hicieron con estatura estándar (1,65 m. en vertical) y allí había mucho amorfo tirando por lo alto, temiendo por mi vida pegué un salto para poder respirar. Al levantar los pies del suelo fui abducido por el tumulto, y quedé en volandas. Mi primera levitación, y con respiración natural. Primer milagro.
Después en la levitación giré en círculos hasta que la sidra se descorchó sola. Fui después depositado sin un rasguño en el suelo. El gran San Fermín.
La segunda levitación fue en el encierro. Extraordinaria. Mágico. Muy personal. 


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CAFÉ Y PASTAS EN EL BALCÓN

Daniel Bustos Nogués

Un año más madrugará, se pondrá su falda y blusa blancas, su fajín rojo y su pañuelico al cuello y verá los sanfermines desde su balcón en la calle Estafeta.

Hará un café bien cargadito, se preparará un platito de las mejores pastas de la confitería en la que lleva comprando toda la vida, y sentadita en el balcón, bien estirada, tomará a sorbos su cafelito, rememorando con nostalgia cuando en la semana de San Fermín, la alegría y el alborozo reinaban en casa. Hace ya mucho tiempo que falta su marido, su Iñaki. 40 años de casados llevaban cuando se lo llevó la maldita enfermedad, dejándola sola con sus recuerdos.

Al principio de casada, veía correr a su hombre a lo largo de Estafeta. Angustiada, seguía el encierro desde el balcón, retorciéndose las manos de angustia, hasta que se enteraba de que había llegado sano y salvo a la plaza. Luego vinieron años serenos, de compartir balcón, café y pastas.

Ahora, tocaba recordar, olvidarse de los malos momentos e imaginar que cuando ella se reuniera con él en el cielo, volverían los dos a vivir los sanfermines, con unas pastas y un café. 

1:50AM

Juan Manuel Di Marco

Atónito contemplo los balcones llenos, descreído de estar aquí. Minutos atrás, a más de 10.000 kilómetros, brindaba por enésima vez implorando encierros limpios y ahora precaliento en plena Estafeta. Todo pasa en cámara lenta, así debe sentirse la felicidad total. Tal vez sea el alcohol, recapacito. Dudo y analizo salir, sé que no debo correr así.
Boom! el cohete me paraliza varios segundos. Me encomiendo al Santo. Avanzo despacio, la masa me arrastra y me hace correr. No veo nada, estoy flotando. Algo me saca de eje, tropiezo y no logro afirmar, sacudo los brazos acercándome intempestivamente al suelo, cierro los ojos y golpeo. Me abrazo fuerte la cabeza y me quedo inmóvil, el ruido es ensordecedor, corredores me saltan, otros me patean. Algo pesado aplasta mi cuello y lastima al instante. Duele insoportablemente, como si quemara desde adentro. Un hilo de sangre empieza a manchar la tela blanca. Intento gritar pero no me sale la voz, tampoco veo nada, todo se oscurece.
Siento que me sacuden, mi brazo se agita, abro los ojos y escucho a mi novia decir que estoy gritando dormido. Reconozco mi habitación, los dolores desaparecen, el reloj marca 1:50am en Argentina. Me levanto a disfrutar otro encierro por TV. 

BRINDIS POR LA VIDA

Rosa María García Barja

El pañuelo rojo, tamiz de sueños, guarda la huella indeleble, el instante sublime, justo antes de que el tiempo se detenga frente a la hornacina.
El amanecer va hiriendo de luz el borde de la calle, como vuelo sin alas que acaricia la suerte, se alza la voz de los muchachos en un canto desde las vísceras, para ahuyentar el negro augurio.
Marco sepia para las palabras que enmudecen cuando el testigo traza una cruz entre el sol y la sombra de la valentía.
Laten al unísono el hombre y la fiera, se miden, se entregan, se funden el sudor, el roce, el miedo…
Humilla la manada y te encumbra al arco iris que atraviesa un cielo pintado con tiza.
Cosido a las entrañas el grito, el cauce de la sangre no encuentra razón. Todo pasa tan de prisa…
La plaza es un abrazo redondo dónde se reconocen el indulto y la gloria. Puerta grande, tu sonrisa, cuando en la soledad de tu alcoba brindas por la vida un año más.